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No, los popotes no son el peor enemigo de los océanos

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CIUDAD DE MÉXICO.

El mundo se está apresurando a decirle adiós a los popotes de plástico, creyendo que se trata de un villano “pesado”, pero la evidencia científica sugiere que se trata, apenas, de un mal liviano.

Este lunes, el gigante cafetero Starbucks puso un duro clavo en el ataúd de esta industria acusada de ser la enemiga pública número uno de los océanos. Y aunque se trata de una buena decisión encaminada a cuidar el medio ambiente, se necesitará mucho más que eliminar los popotes del mundo para hacer un cambio significativo en los niveles de contaminación del planeta.

Para empezar a medir el efecto real de los popotes en el océano hay que ir al inicio del fenómeno: un video publicado en agosto de 2015, cuando la bióloga marina Christine Figgener, de la Universidad de Texas, grabó a una tortuga golfina luchando desesperadamente por quitarse un pedazo de popote de 10 centímetros atorado en sus fosas nasales. El video, grabado en Costa Rica, muestra a Christine tratando de liberar las vías respiratorias del animal, introduciendo pinzas que le producen una hemorragia.

En la descripción original del video —que hoy ya tiene más de 30 millones de visualizaciones— Christine hace un exhorto urgente: “DI ‘NO’ A LOS POPOTES DE PLÁSTICO Y CUALQUIER TIPO DE OBJETO PLÁSTICO DESECHABLE”. Su llamado fue rápidamente replicado por cientos de medios de comunicación en el mundo y amplificó una campaña antipopotes que ya llevaba un tiempo circulando con timidez en redes sociales.

Los expertos coinciden en que ese fue el momento decisivo para el fin de los popotes de plástico, una industria de la que nadie sabe con seguridad sus niveles de producción. El año pasado, al menos 15 medios de gran prestigio —como The Washington Post o Reuters— usaron la cifra del uso de 500 millones de popotes cada día en Estados Unidos… sólo para reconocer días más tarde que no revisaron la fuente de ese estudio: la tarea escolar de un niño de 9 años.

El año pasado, un par científicos australianos, Denise Hardesty y Chris Wilcox, publicación su estimación científica sobre el número real de popotes de plástico en los océanos. Luego de cinco años de muestras, determinaron que hay entre 437 millones y 8.3 mil millones de pajillas. El rango entre el mínimo y el máximo es enorme y, aún así, se trata de uno de los estudios más confiables en el tema.

La cifra parecería escandalosa, pero el portal especializado en ciencia Phys.org puso en contexto ese número: incluso usando las 8.3 mil millones de pajillas, éstas solo representan el 4 por ciento de la basura en los océanos.

“La prohibición de los popotes puede tener algún efecto”, admite la oceanógrafa Kara Lavendar Law. “Pero no vamos a resolver el problema de fondo por prohibir el uso de popotes”.

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Adam Minter, un conocido columnista en medios estadounidenses y especialista en temas de reciclaje, también se muestra escéptico sobre el real peso que tienen los popotes en la crisis ambiental. Según sus cifras, las pajillas apenas representan el 0.03 por ciento en el peso de las 8 millones de toneladas métricas de desperdicios de plástico que cada año se extraen de los océanos.

Para él, y para los científicos del Ocean Cleanup, una organización dedicada a desarrollar tecnología para limpiar los océanos, el verdadero villano es otro: las redes de pesca. Estos objetos hechos de plástico para atrapar grandes cantidades de peces representan el 46 por ciento del peso de desperdicios plásticos en los océanos.

En la mayoría de los casos, se trata de redes de plástico que abandonan pescadores sin documentos legales para extraer peces. Orillados por la pobreza y restringidos por las vedas de los gobiernos, los pescadores navegan clandestinamente mar adentro en busca de algo que llevar a casa. Cuando los sorprenden buques de grandes compañías o policías navales, suelen soltar a sus presas con todo y las redes para deshacerse de la evidencia del delito.

La solución de peso, apuntan muchos los especialistas, es regular la pesca con el fin de tener mayor control sobre las redes de plástico. Pero mientras eso sucede, pequeños cambios pueden ayudar de algo, especialmente a abrir la discusión de lo que pasa en los océanos.

Por ahora, el fin de los popotes es esa acción. Necesaria, pero simbólica.

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